lunes, 30 de mayo de 2011

FERNANDO GONZALEZ CAREY - Gral. Roca Río Negro

El barquero


Me sorprendí cuando me dijo que no. Después, observando el Oeste, donde se calcaban las montañas en el lago, insistí.
- Tenga en cuenta que vengo de lejos y que la noche se arrima...
No dejaba de mirarme, pero por más que indagué sus intenciones en la mínimas marcas de su rostro, sólo encontré la misma negativa, pertinaz. Sin embargo, una fina línea floreció en la comisura de sus labios cuando metí la mano en mi bolsillo y le mostré el vintén oriental. Lo tomó con ceremonia infinita y entonces me ayudó a subir a la barca.
Mientras los remos marcaban el paso de ñires y cohiues que se acomodaban en la orilla, volví a sentir muy cerca de mí, adentro, a los costados y con el alma apretada al mismo pasajero solitario y temeroso que llevaba yo adentro. El barquero persistía en observarme.
- ¿De dónde viene? – me preguntó de repente.
- Pues caminaba por el bosque y me di cuenta bastante tarde de que no tenía tiempo de orillar el lago para regresar a casa.
- Parece asustado.
- Hay algo de eso –respondí sin resistencia.
El barquero tenía un rostro de nadie, pero invitaba a conversar. Hablaba con voz profunda.
- Hay en la vida sensaciones raras, que en el bosque se magnifican- deslicé cuando la proa buscaba la orilla opuesta.
- Es que las sombras de la vida surgen recién al atardecer. Fíjese en el pinar espeso que llega hasta la playa, cómo se abalanza sobre el espejo de agua y lo cubre. De día, es una fortaleza verde, que sostiene el cielo. Vamos construyendo temores en el camino de la vida y cuando éste se angosta, aquéllos recorren el mínimo espacio en loca carrera, mordiendo y acorralando.
Y entonces, mientras el barquero trabajaba su remo, de mi bolsillo fueron saliendo muy despacio las penas y las mentiras, las traiciones y desencantos, las soledades y miserias. Los iba liberando y arrojando al lago, en pequeños envoltorios que prontamente desaparecían. La conversación avanzaba sin miramientos. Hasta que aparecieron los recuerdos El barquero extrajo de la nada una bolsa grande de arpillera y la abrió en silencio, incrustando sus negros ojos en los míos. Resultó inútil resistirse. Allí debían ir las cosas nunca más vistas y queridas del pasado.
- Si Ud. quiere vivir, arrójelas y nunca más pida por ellas- y cerrando la bolsa con la nostalgia que pesaba como jamás imaginé, la tiré al lago. La estela de un pez muy grande se abrió surco desde la quilla de la barca y se alejó tumultuosamente.
Un silencio incómodo se apoderó de mí, pero cuando arribamos sentí el vacío que las penas habían dejado. Me alejé sin volver el rostro, convencido de que nada valió más que ese día.




El espejo

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Con Martín solíamos reunirnos en el altillo de casa en las horas de la siesta, cuando papá y el nono estaban durmiendo. Este descanso después del almuerzo se respetaba a rajatabla entre los mayores y su ceremonia resultaba interesante de observar: terminaban de retirar los platos del postre y ellos, después de la copita de licor, se levantaban y se encaminaban lentamente cada uno hacia su cuarto, en completo silencio. Mamá y la abuela, una vez que limpiaban la vajilla en la cocina, desaparecían también. Entonces yo me iba bajo el limonero y, trepado al tapial que nos separaba del vecino, le gritaba a Martín.
El altillo era nuestro refugio. Se ascendía a él por una escalera en caracol de maderas crujientes y su baranda nos servía para el tobogán. Arriba, su espacio estaba ocupado en gran parte por un viejo ropero de la abuela. Las paredes del pequeño cuarto las recuerdo cubiertas de cuadros de casamientos y de primeras comuniones, con rostros que nos miraban fijamente desde un tiempo lejanísimo. En el altillo contábamos nuestras figuritas, lustrábamos las bolitas que solíamos ganarle a los amigos de la cuadra y abríamos tesoros de hallazgos raros –una mandíbula de perro, una cola de ratón momificada, chapitas de cervezas Río Segundo , estampillas con la imagen de Evita y otras rarezas que guardábamos celosamente.
Con Martín habíamos descubierto un espejo en el lado interior de la puerta del viejo ropero, un enorme espejo en el que proyectábamos todo tipo de burlas, sonrisas y caras bobaliconas. Una vez él me observó que cómo si movíamos la mano derecha, en el espejo lo hacía la izquierda, que si nos rascábamos una oreja, el espejo mostraba que en realidad nos rascábamos la otra. Y nos reíamos mucho practicando movimientos sin explicarnos esa desobediencia. Hasta que un día se lo comentamos a la abuela mientras tejía un largo echarpe con largas y afiladas agujas. Recuerdo que bajó un tanto sus gruesos anteojos de carey , nos miró bien desde arriba y nos dijo que el espejo era una gran puerta que comunicaba con remotas regiones mágicas , que si queríamos visitarlas no teníamos más que mirarlo fijamente sin reírnos y luego, atravesarlo. Que el regreso era fácil pues con tocarlo desde atrás se abría a la vieja realidad. Y siguió tejiendo como si nada, con una sonrisa pícara con la que siempre terminaba sus cuentos.
El juego resultó muy divertido. Nos destornillábamos de risa frente al espejo cuando parados y firmes lo mirábamos unos segundos, tratando de estar serios, de no mover un solo pelo. Pero no, no podíamos y debo confesar que Martín se llevaba todas las culpas: era demasiado cómico y yo, en realidad, imitaba sus actitudes. Pero un día nos cansamos de reír y el juego se cayó. Fue entonces que Martín se recostó en el piso del altillo y yo me quedé solo frente al espejo, tratando de imaginarme ese mundo fantástico de la abuela y de aferrarme a la mano de Martín, porque como una cortina plateada que se derrite se transformó el espejo frente a mí. Tenía un movimiento ondulatorio, como en los sueños. Literalmente lo arrastré a Martín y ambos cruzamos la pared que nos multiplicaba y proyectaba infinitamente.

El sol era un remolino de sensaciones, pero advertimos que la noche estaba metida en todos lados. Caminamos haciendo equilibrio en el cordón del pavimento y llegamos a una esquina con avenidas anchas donde un señor en monopatín nos preguntó si queríamos subir y le dijimos que sí, que nosotros también íbamos a empujar. Y salimos disparando, esquivando toda una procesión de gente loca que arremetía contra nosotros en contramano. Llegamos cerca de una plaza con hamacas gigantes y bajamos. Tengan cuidado, nos dijo el conductor, y después desde lejos nos hacía morisquetas. Tengan cuidado de qué, me dijo Martín preocupado, y enfiló para el lado de las vidrieras repletas de muñecos bobos que gesticulaban detrás del vidrio, seduciéndonos. Cuando ya estábamos adentro, nos atendió un señor muy alto que oscilaba como una columna de humo y con el ceño muy fruncido nos recriminó que ya era muy tarde y que cómo estábamos solos en esa ciudad. Martín tardó en mirarlo y se puso a imitar a los muñecos, mientras yo ya apuntaba hacia la salida. Me pareció ver un gesto, cómo decirlo, raro, como de náufrago, apenas perceptible en mi amigo, pero él siguió anclado al lado de los muñecos que festejaban el encuentro con su nuevo compañero. Lo miré una vez más y me extrañó no reconocerlo, así que, desconcertado, salí a la calle y desde la vereda opuesta observé. La vidriera se transformaba en ruidoso carnaval, casi grotesco, y sus fantoches, saltando y festejando, se arremolinaban en la salida y llenaban la calle proyectando en los muros una murga como de gelatina. Y allí iba Martín con un bombo colorido y sombrero de alta copa. Se subieron al primer tranvía que pasó y desde las ventanillas me saludaban haciendo trompeta con sus labios. Yo al principio quedé como enterrado con mis pies en la vereda, pero después corrí entre las vías. A mi lado pasaban chicos, también corriendo. Algunos me gritaban que me apurara, que llegaría tarde , pero yo miraba solamente hacia delante y por nada del mundo abría la boca porque rebotaban mariposas en mi rostro. El sol seguía allá arriba creando sensaciones extrañas, pero la noche persistía en invadir la ciudad.
Como un ejército de hormigas en hilera fuimos borrando la colina, en las afueras de una ciudad ausente. Busqué el sombrero de alta copa y lo encontré entonces a Martín, muy atento y expectante, al lado de un muchacho esquelético que hablaba como desde una tumba. Los muñecos bobos saltaban a su lado, con las manos en alto. En un momento dado, cuando por dentro me desvanecía, sentí que descendía de lo alto un sonido estridente que invadía todo y me tuve que tapar los oídos. Los ojos me revelaban circunstancias borrosas y la marea humana subía y bajaba hasta que Martín me tocó el hombro y me despertó. Lo primero que hice fue preguntarle por los muñecos pero él me respondió que no hablara muy fuerte, que estaban por todos lados, que no sabía porqué no se sentía bien y que quería volver al espejo. Ya iba a levantarme cuando detrás de Martín apareció un rostro de risa estúpida que me clavaba sus ojos fijos y circulares. Y detrás de él otros, y otros. No me dieron tiempo. Nos arrastraron por el suelo, mientras mis zapatillas producían chispas y dejaban una estela fosforescente. Inútiles los gritos, los ruegos y las lágrimas. Nos raptaron en medio de la noche, con el sol tibio que aparecía detrás de los eucaliptus inmensos. Los tranvías pasaban saltando sobre las vías y adentro iban decenas de muñecos bobos haciendo trompeta. Creo que grité “mamá” y que Martín me saludó sonriente con las manos en alto. Entonces no sentí más nada y me hundí pesadamente, en tiempos lentos, muy lentos.

Cuando desperté estaba sentado frente al espejo, dentro del viejo armario de la abuela. No bien lo toqué se abrió la puerta y quedó entonces quieta, como esperando que yo saliera. Primero me llamó la atención desconocer el tic tac del reloj del comedor, y esperé que sonaran las campanadas . La casa parecía colmada de ausencias pero el reloj la despertó a los pocos minutos. Descendí entonces por la escalera familiar sin usar el tobogán de la baranda que tanto me gustaba, y divisé a la abuela tejiendo en su mundo de silencios y de recuerdos. Levantó la vista apenas, y sin dejar de mirarme con sus hermosos ojos celestes me preguntó qué hacía allá arriba. “Pero abuela, - le dije - no lo encuentro a Martín, lo agarraron los muñecos malditos”. Entonces, me llamó y aclarándome muy seria y como ofendida que ella no era mi abuela sino mi madre, me contó que también tuvo de muchacha sus pesadillas, que no las podía olvidar. Me pidió que acercara una silla y me relató un sueño de muñecos con rostros que oscilaban entre la burla y la inocencia. Mientras mi madre me llenaba de paz y yo palpaba ya un sueño cercano tratando de acomodar mi cuerpo de pibe ya crecido, remonté nuevamente una avenida ancha en monopatín y me alejé rumbo a ciudades fantásticas, repletas de muñecos bobos que me guiñaban un ojo al pasar, haciéndome trompeta con sus labios desde tranvías que saltaban por las vías.

1 comentario:

sergio valdivia dijo...

Leí el libro y hoy me enviaron la revista "La linea de los sueños" y también esta este maravilloso cuento "EL BARQUERO" te felicito Fernando este tipo de narraciones son excelentes estimulan la imaginación dejando la moraleja perfecta para comprender la vida ¡GRACIAS!