T a b a c o
Luego el humo y la ceniza esparcen
la desmerecida forma de lo que ha sido.
Arder. Arder como la brasa ambigua
que no es llamarada ni es ceniza;
entre secuencias de orden y desorden
arder; arder cual perfume de maderas;
cual ocaso –furia postrer del día-
arder; en pausas de la informática,
detrás de los envases descartables,
con un sexo torpe entre torpes manos,
arder. Como sólo el fuego puede arder.
Como pasión y soledad pueden arder.
Astro perdido en la jungla del cielo
tornando a una casa y a unos padres,
arder. Solícitamente, en honor de un amante,
arder. Ofrecer la transparencia y pretenderla
cada vez con menos fuerza y eficacia.
Arder. En el templo de los bárbaros.
Arder, tan tenue como sea posible,
ante la fatiga de la mirada. Encender
los rubíes de la culpa entre el lodo funeral
y las arenas donde el hedor de lo muerto
sobrevive (¿para qué?) sin condena ni justicia.
En el horno de los bronquios se caldean
la sinrazón de existir abominando
y el humo: símbolo de olvido e impotencia
de querer retener lo que se esfuma
-antes eterno, ahora fugitivo-,
breve danza de amor entre los dedos,
ocaso que arrastra el cuerpo del día
-iluminado de amor- a oscura gruta,
para escandir las formas de la noche
cual sílabas de un poema revelado.
****
B o r i s V i a n
Fue así:
el mundo, que era redondo, se volvió plano;
la tierra, ancha y verde,
se tornó gris y cuadriculada;
los caminos trocaron en laberintos.
Recordé su novela.
La pérdida de lo maravilloso
en La Espuma de los Días.
Exacto nombre de la fugacidad.
Y yo, que antes admitiera ser fugacidad,
ahora, temía los finales y desgarramientos.
Yo, que dije “estoy sobre la tierra
como la flor de un solo día,
pero que ese día sea perfecto”,
ahora aceptaba líneas indefinidas,
esperas agotadoras.
Sólo comprendo la paciencia que exige
la creación. Pero esta horrible paciencia
con los envilecimientos de cuerpo y de espíritu,
este cavilar en que -llegado un tiempo-
nada tendrá comienzo ni final...
De fuego y espuma –como el amor-
eran los gestos,
rostros que amanecían con un mensaje
de su hermética galaxia personal.
Y del héroe nacía el vencido,
de la inocente, la predadora,
del confuso, el iluminado.
La muerte se llevó el amor y la locura
y me dejó el sadismo y la conciencia.
Estas sonrisas de perversos y consagrados
son la confirmación y la caída.
F r a g m e n t o s
1
Luna oval que con su palidez enfría
la incandescente luna del espejo
y la imagen idéntica al rostro
mas no a la imagen que de sí mismo
se formara quien pertenece al rostro
como a una patria misteriosa,
y, luego, ¿qué patria no lo sería?
2
Hay una grieta por donde espiar el baldío.
La discordancia e íntima condonación
de una habitación a otra -todo como avergonzado-,
gestadas en el vértigo y la paciencia de los días;
la pena de la estructura al desnudo donde alguna
desteñida flor de empapelado exhibe el rosa de la tristeza
-todo como vencido por una luz amarilla
y por las hebras protoplasmáticas del gris- ;
el viento, atravesado de aprehensión al rozar
la huella que imprimiera la sombra de las columnas
sobre la galería, como si algo se hubiera resguardado
de excesos, mantenido reservas
con las que recomenzar la vida o seguir
sosteniéndola, reivindicando un antiguo acto de amor.
El tronco hachado a ras del suelo y deshidratado,
sin redención posible.
Imágenes postrimeras. Aptas para excelente fotografía.
Desvalidas ante el dictamen de insanía. Viejas y locas.
A r e n a s
Iván, In Memoriam
Regresarás a la suma.
Desintegrado.
_______1
En el árido desierto crecen flores
para mí, sólo para mí,
que soy pálida
como si me hubieran criado a la sombra
de un baldaquín
o llevado sombrilla y velo
desde la cuna;
para mí que, cual Ireneo Funes, perdiera
el don del libre desplazamiento del cuerpo
cuando hallé el de la memoria
y–a diferencia de él- no asimilo
vocablos en lenguas muertas
o métricos cálculos temporales,
sino que aplico el recuerdo al lapso de espera
de la llegada de una carta,
la penetración desquiciante de una mirada
y el rencor más antiguo y poderoso: el del amor.
_______2
En el árido desierto donde las manos escriben
más allá del amparo de la soberbia,
cada corola es círculo de olvido
logrado entre la contemplación de los oleajes
y los oleajes mismos;
a veces, para exhumar cierta forma devorada
por las dunas,
hundo en ellas la mano
y el instante en que mi mano
es ocultada por la arena
es una muerte simbólica de mi muerte
y el instante contiguo,
en que mi mano
alza en el aire la corola,
justifica la paciencia y el amor
por el desierto.
_______3
En el árido desierto hemos ocultado
las palabras; y esa es la deshonra:
haber lamido sin hambre los imanes
fosforescentes de la gracia;
por las noches, me revuelco con el cuerpo caldeado
sobre la arena y las agrestes flores
y hacerlo sabe a silicio y a sal, pero tengo
piel más dura o blanda que el sílice,
más elástica tal vez,
y no me lastima, sólo me enciende
como de amor, no sé,
o de una lástima parecida a la cordura.
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