jueves, 14 de abril de 2016
Germán Sigwald
extractos de: The Spirit of the Midnight Cream
Divagáramos
Nada, estábamos montando un laboratorio-cabaret.
Ah, mirá que bien.
Sí, está bueno.
Cómo es.
Las copas se sirven en alambiques y probetas de vidrio,
las camareras van de científicas locas con anteojos y batitas
cortitas blancas,
hay un truco de magia con reacciones químicas,
un número con chicas evocando lo de Jekyll y Hyde,
pero en versión punk femenina,
un Frankenstein negro,
hecho por un stripper, negro,
bien dotado
y al final
una operación de siamesas unidas por la espalda.
Será difícil, digo, conseguir el personal.
No te creas.
Me encantaría verlo.
Te aviso.
Ok.
Vodevil II
Vodevil charlatán que tomás
Que tomás frío el champagne
Apagás la bajás la ponés tenue
Manejás dibujás corriente alterne
Si la ves me entendés el por qué
De mis indecisiones perplejas
Si no está es que se fue sin avisar
Se alejó y partió y no la vió
Y volvió bajo el puente en el bar
Y montó otra vez la mesita
Y probó con las medias negras
Se insinuó al destino y fingió
Que un pase mágico cambió
Que no sé que por qué cuestión
Le falló el experimento
Se apagó la luz del salón abucheó
Y lamentó su lamento
Se extinguió por Berlín
Suspiro por Paris
Vodevil Vodevil
Empedrado vital que supo conservar
Estilo manera y forma
Frivolizando ibas
Buscando quebrar la norma
La función está bien es un poco modesta
La canción es alegre de musiquita antigua
Pretencioso Vodevil cabaretero y supino
Teatralizante la forma es así
Artificial y coqueta
Es la artista pizpireta
La reina del Vodevil
Cuando la luz se ilumina la boca se queda abierta
La performance elegante
El detalle en colorado
Los brazos van enguantados
Vodevil qué grato tu trato manso
Qué magia paralela de terreno inexplicado
De fantasías conductuales un transgredido compendio
Vodevil Vodevil de manicomio
Es una fiesta elegante
Tenés que venir con moño.
Amenazada
Parece o es casi seguro que el hombre está en vías de extinción.
Digo el hombre, no la humanidad,
El hombre y su vieja testosterona,
El caso es que no da para más,
Parece que por ahora
Prescindibles será lo posible.
Es una pena, señores.
Se acaba Roma,
Lloró la última Eva.
No utilizan la semilla,
La técnica evolucionó,
Ahora ellas son todas igualitas
Por causa de la clonación.
Batallaron contra el hombre
La fiera y el domador,
Perdió el hombre su galera.
La fiera se lo comió.
Frutos Secos
Una nuez pelada
me recuerda al cerebro,
los dos hemisferios,
luego cada hemisferio
me parece un mini pollo
pelado y cocinado al horno,
finalmente las cáscaras
me recuerdan a las carabelas
que fácilmente hacíamos
con palillos y plastilina.
Las poníamos en un mar
de plastilina azul cobalto,
y ahí se quedaban quietas.
También hacíamos tortugas
con los mismos materiales.
Ahora mismo me gustaría
hacer un mono de plastilina
con el cráneo rebanado donde se vea
una nuez a modo de cerebro.
Lo pondré en un pastito verde
y se quedará quieto,
ya sé cómo funcionan
la plastilina y las nueces.
El Eternauta
Era un fatigado del espacio inmenso,
Demorado en un rulo ridículo del tiempo.
Postmaldito desolado y en silencio,
Muertos sus amores por nieves radioactivas.
Convertido en ejemplar invisitado,
En especie abandonada.
Eternauta luchador y combativo,
Hombre común, capricho del destino.
Conocer el fin del mundo lo hizo más triste,
Finito su mundo. Pobre mundo.
Una membrana plástica te salva,
La bolsa de basura que te evitó el copo.
Fue una nevada lenta, dolió,
Encegueció, de luz a negro,
Todo fue de negro a eterno.
Al negro que tiene lo eterno.
Negro de duelo eterno.
Confieso
Que siento mi propio filo
Que puedo cortarme
Ser sucio y pervertido
Me puedo indescribir
Ser vil y pernicioso
Ser grosero y facineroso
No consigo mirar atrás
No entiendo soy acromático
No hay luz roja en el semáforo
Es el deseo todo mi control
Confieso también que miento
Y si el acero místico se ha ido
Ya no digo lo que siento.
Futuro Ignoto
El sonido del xilofón, los detalles del fagot, qué gusto, qué
exquisitez, qué qué qué. Asertivo.
Los caminos húmedos de ladrillo molido donde inicia su olor el
ozono temprano de la lluvia siempre nueva cuando vamos
saliendo.
Las luces pequeñas, medidas, justas, paramétricas.
La delicadeza y la potencia, lo diestro.
Caminar en un arpegio, liviano, lívido.
Autopistas afables, destinos deseados libres de cableado.
Un seis cilindros en línea, armonizado.
El motor ronroneando, no forzado.
El aceite frío.
La radio en frecuencia modulada y alta fidelidad.
El tanque repleto de octanaje.
El tiempo, adelante, allá voy.
Por la cinta asfáltica de la carretera inexplorada.
Testamento
Lego
Lo lego todo
No puede mi egoísmo evitarlo
No es tan poderoso
Dejo, testo y lego
No pretendo trascender
Esto no tiene arreglo
Es un guiño falso de la educación falsa
La vida que ahora se demuestra falsa
Vida no te vas por defecto
Fallas
Y legamos, el candelabro, el secador de pelo,
llevate vos la foto del abuelo.
jueves, 7 de abril de 2016
Gabriel Francini
UN POEMA
a veces encuentro un poema
quisiera encontrarlo todo el tiempo
sería como verme por la ventana
entre las estrellas del sol y la luna
estar ahí y acá al mismo tiempo
entre los pétalos radiantes que van y
vienen
bailando la danza cósmica
sería como olvidarme en el borde del río
pasando por los puentes irreales de la vida
y tras la mente beber las llamas
las llamas radiantes que van y vienen
bailando la danza cósmica
a veces un poema me encuentra
me busca para que no muera de pena
me desarma de cada cosa y hace
que todo sea nada y nada todo
PAISAJE INTERIOR
Alrededor de una pared, gira la nube.
La nube que más aleja el viento
enloquecido.
Mis pasos aletean sobre la tierra vibrante
mientras el cielo se desnuda una quietud.
Estoy atrás de una catástrofe de esferas,
un germen giratorio de mares que se hunden;
contemplo esos planetas y corazones
como tocando los huesos de mis
sentimientos.
En el polvo de esta montaña
donde se aniquilan las ruinas congeladas,
me intensifico al comunicarme con un ángel.
El ángel del sol anegado en el pasto.
El alma se me aparece sonora,
cantando desde el más claro de los árboles
como el pájaro que mordió el viento
o el rayo de luz interfiriendo neuronas.
Se desconecta una catarata
y los densos arroyos vacíos de gritar
me deshojan de tanto silencio.
Lejos de todo, existe un paisaje interior
que pasa por mi ser diciéndome espuma.
EL SOL QUE CREÍ MI CORAZÓN
cuando una senda se esfuma
y lo real es de humo
entonces cómo vivir
esta ilusión que se desvanece?
en qué forma del cielo ya vacía
persistirá el poema
de lo que antes se llamó milagro
y ahora sólo es imposible?
vidas de cristal eran los días
en que el tiempo no se escapaba
horas que eran olas sin mar
en profundo adiós se estrellan
ahora veo la oscuridad
que se escondía detrás de mis ojos
la luz traspasó la luz
del sol que creí mi corazón
DESHACER MI CANCIÓN
Bebí mi sangre en la fuente del río
original
para hallarme entre las plumas naufragadas
y fecundar mis albas del día errante.
Encontré las tormentas para romper mi
canción
y generar una vibración en la cadena tenue.
Soy montaña de melodía, el que deshace
el mundo para hacerlo brillar
entre los carbones encendidos del camino.
Aislé lo eterno y me fui
al desierto transparente a contaminarme de
mi alma
trascendiendo cada sombra de milagro que se
va.
Callado en formas de oro quieto, me negué
hasta explotar para la enajenación
taciturna
como el corazón utópico de toda realidad.
Y porque la noche es luz en mi
inconsciencia,
crepité más hojarasca al volar insomne frío
de extraña rareza, de números blandos
y la fatalidad que es de nocturno plástico.
Me fui a sacarme los pasos, a doblar el
rumbo
y conquistar sólo un canto de nieve.
VACIAR
El alma entró en el alma.
Me suicidé. Soy yo.
Me hallé en un árbol desfondado en el ser
del ser.
Deshacer,
deshojar aire,
aire de aire,
el viento es nada menos el viento.
Al amanecer de ningún instante,
vivo un poema de verdad:
él es todo, yo soy él,
y me salvó de morir de pena.
Sólo ni nada,
estallar lentamente,
tensar la orilla de dos fríos insondables.
¿Qué hay que no sea vivir o morir?
Entre irreal y real
entre más allá de más allá
y otra otra cosa,
mi alma me vació.
Del laberinto de mis heridas
surgió deshacerme sin sombra
ni sol ni sombra del sol.
La mente se fue por adentro.
Arribé por abajo al árbol rodante
desfondado entre la brisa.
Mi muerte está conmigo,
espera aunque no espera nada;
si ya es, todo es deshacer.
El alma entró en un árbol en la vereda.
El ser, en un instante.
Me vacié.
jueves, 3 de marzo de 2016
Jimena Arnolfi
Selección de: " Todo hace ruido".
El misterio de las cosas
Todo lo que tengo en la cabeza
es pánico
pero el corazón
es un músculo resistente.
Por la noche las ratas
juegan carreras
sobre el cable de luz.
Pienso en la caída,
tener estilo está sobrevalorado.
La boca del lobo
No es que quiera conseguir algo
pero necesito salir
de donde estoy.
Llamo, busco al tanteo
tengo el cuerpo dormido
pero la voz habla.
Espero con fe
delante de la puerta cerrada.
Abro la heladera con fe
me visto con fe
bailo cumbia con fe.
No pasa nada
cuando hago las cosas con fe
pero voy a insistir.
Afuera
Los días caen como frutos
y yo acá parada
preguntándome por el camino.
A la vuelta de todas las esquinas
La lentitud con la que cae la miel
en el frasco de plástico
la forma en la que caigo
en medio de la calle
la ciencia ficción
de una soda que explota
después de ser agitada.
Creo que hay que entrar en ritmo
para registrar el silencio
que está en el fondo de las cosas.
No se sabe qué sentir
Podemos ser de verdad
si la luz es poca.
Vas a abrir la puerta
y voy a confesar cosas.
Soy una paciente con dolor fantasma,
puedo sentir mi parte amputada
aunque el miembro no esté.
Conducta
Limpiar es ensuciar otro lugar
quiero levantar las manos
parar un segundo
mirar el espejo
y decir: hay tiempo.
El misterio de las cosas
Todo lo que tengo en la cabeza
es pánico
pero el corazón
es un músculo resistente.
Por la noche las ratas
juegan carreras
sobre el cable de luz.
Pienso en la caída,
tener estilo está sobrevalorado.
La boca del lobo
No es que quiera conseguir algo
pero necesito salir
de donde estoy.
Llamo, busco al tanteo
tengo el cuerpo dormido
pero la voz habla.
Espero con fe
delante de la puerta cerrada.
Abro la heladera con fe
me visto con fe
bailo cumbia con fe.
No pasa nada
cuando hago las cosas con fe
pero voy a insistir.
Afuera
Los días caen como frutos
y yo acá parada
preguntándome por el camino.
A la vuelta de todas las esquinas
La lentitud con la que cae la miel
en el frasco de plástico
la forma en la que caigo
en medio de la calle
la ciencia ficción
de una soda que explota
después de ser agitada.
Creo que hay que entrar en ritmo
para registrar el silencio
que está en el fondo de las cosas.
No se sabe qué sentir
Podemos ser de verdad
si la luz es poca.
Vas a abrir la puerta
y voy a confesar cosas.
Soy una paciente con dolor fantasma,
puedo sentir mi parte amputada
aunque el miembro no esté.
Conducta
Limpiar es ensuciar otro lugar
quiero levantar las manos
parar un segundo
mirar el espejo
y decir: hay tiempo.
lunes, 28 de diciembre de 2015
Fernando Christian Rodriguez Besel
HAPPY CHRISTMAS, MOTHERFUCKER
Hoy me senté
en el borde de piedra del lago
es Navidad
gente acompañada tomando sol
el sol los mira
yo miro sus libros sus bronceados
los patos jóvenes del lago con su
plumón impecable
no hay un alma para mi
Un mujer lee un libro sentada
muslos morenos y gruesos
quisiera que me hable que me toque
que me pegue
miro hacia adelante hacia el agua
con mi alma en mis manos, en llamas
no se acerca no me habla no me mata
Veo venir un cachorro
con la lengua afuera
negro y brillante y sonriente
se pone al lado mio
(el dueño le ha dejado
la correa larga)
estiro la mano y lo abrazo
SUAVE CACHORRÓN!
- escupo yo
y el perrito me lame la cara
y se va
Es el primer ser viviente en
esta navidad
que me ha besado sin
haberme querido matar en estas ultimas
24 horas.
Hoy me senté
en el borde de piedra del lago
es Navidad
gente acompañada tomando sol
el sol los mira
yo miro sus libros sus bronceados
los patos jóvenes del lago con su
plumón impecable
no hay un alma para mi
Un mujer lee un libro sentada
muslos morenos y gruesos
quisiera que me hable que me toque
que me pegue
miro hacia adelante hacia el agua
con mi alma en mis manos, en llamas
no se acerca no me habla no me mata
Veo venir un cachorro
con la lengua afuera
negro y brillante y sonriente
se pone al lado mio
(el dueño le ha dejado
la correa larga)
estiro la mano y lo abrazo
SUAVE CACHORRÓN!
- escupo yo
y el perrito me lame la cara
y se va
Es el primer ser viviente en
esta navidad
que me ha besado sin
haberme querido matar en estas ultimas
24 horas.
LA
DAGA, LA DAGA, LA DAGA TRES VECES
Caminando en la noche de Costanera Sur,
doy vuelta el rostro a la arboleda salvaje de
la Reserva ;
me vió joven y sonriente de dientes
el cielo se pone violeta y mi corazón negro
Estamos a mano.
Pienso en la daga
en que eramos seis
despues cuatro
despues tres
después dos por
un buen tiempo
y ahora
soy solo uno.
Duermo en mi cama ancha como un crucero demente
y salvajismos pueblan mi cabeza con pesados relinchos:
debería salir de esta de alguna manera.
Esta noche he visto cuarenta parejas rubias
frotarse contra los arboles ancianos y retorcidos de la pérgola
mientras el viento no los hendía
ni la tormenta los atemorizaba
vi una gorda jadear contra un pene sin verguenza
y otra, atlética como un guepardo, negra como un Corvette Stingray
estirada cuan larga era sobre el tope del espejo de agua
respirando, sola, descuidada, sin preocupaciones, fría
Con mi piés, esta noche, canté una canción extraña y enfurruñada
sobre las baldosas infinitas de todo el largo de la Costanera
llégué al horario del ocaso, y eso no parece
preocuparle a cualquiera y volví cuando el sol murió
los coches, coléricos y peligrosos mancillandolo todo
con esa fria energía que propele a las excusas de la carne
Pienso en la daga, pienso en cuerpos y curvas, pienso en muerte
pienso en la vida que amo con cada hueso hirviente que me habita
pienso en la vida en los arboles y en las hojas verdes que se excitan
perturbadas por la proximidad infantil de un cielo que no acoge a nadie
Pienso en la vida como en un circulo cerrado para todos
que debe ser caminado por algunos, trotado por otros
y en el entretiempo acariciar a los animales, no desgastar los colores elegidos
planchar ropa comprar muebles penar por la falta de dinero
enamorarse separarse humillarnos en el nombre de un sentimiento
prender la radio y escuchar las noticias que hablan de la misma vida
y entender a veces resignadamente que todas las señales en la ruta
nos han dejado muy lejos de cualquier lugar que hayamos pensado como una casa.
doy vuelta el rostro a la arboleda salvaje de
el cielo se pone violeta y mi corazón negro
Estamos a mano.
Pienso en la daga
en que eramos seis
despues cuatro
despues tres
después dos por
un buen tiempo
y ahora
soy solo uno.
Duermo en mi cama ancha como un crucero demente
y salvajismos pueblan mi cabeza con pesados relinchos:
debería salir de esta de alguna manera.
Esta noche he visto cuarenta parejas rubias
frotarse contra los arboles ancianos y retorcidos de la pérgola
mientras el viento no los hendía
ni la tormenta los atemorizaba
vi una gorda jadear contra un pene sin verguenza
y otra, atlética como un guepardo, negra como un Corvette Stingray
estirada cuan larga era sobre el tope del espejo de agua
respirando, sola, descuidada, sin preocupaciones, fría
Con mi piés, esta noche, canté una canción extraña y enfurruñada
sobre las baldosas infinitas de todo el largo de la Costanera
llégué al horario del ocaso, y eso no parece
preocuparle a cualquiera y volví cuando el sol murió
los coches, coléricos y peligrosos mancillandolo todo
con esa fria energía que propele a las excusas de la carne
Pienso en la daga, pienso en cuerpos y curvas, pienso en muerte
pienso en la vida que amo con cada hueso hirviente que me habita
pienso en la vida en los arboles y en las hojas verdes que se excitan
perturbadas por la proximidad infantil de un cielo que no acoge a nadie
Pienso en la vida como en un circulo cerrado para todos
que debe ser caminado por algunos, trotado por otros
y en el entretiempo acariciar a los animales, no desgastar los colores elegidos
planchar ropa comprar muebles penar por la falta de dinero
enamorarse separarse humillarnos en el nombre de un sentimiento
prender la radio y escuchar las noticias que hablan de la misma vida
y entender a veces resignadamente que todas las señales en la ruta
nos han dejado muy lejos de cualquier lugar que hayamos pensado como una casa.
Blog del autor: volve por donde viniste
lunes, 28 de septiembre de 2015
Lourdes - Paraguay.
Voy a dejarte dolor en la última gota
Voy a cruzarme con el espanto de ida al
baño
Me encuentro frente
a frente con la botella que no terminamos de beber
Me encuentro con la soledad pendiente de
una charla mano a mano entre las dos
Voy a quererte corazón, narrarte el último
llanto
Voy a creerme el dolor y así me curo de
tanto espanto de tu encanto
Vení, encontrame, pedí una copa que será la
última de tanto en tanto
Reiremos un buen rato y nos encontraremos
en la resistencia de no acercarnos
Tus ojos etílicos miraran a los ojos míos
Desvíare
mi mirada al bolero que nunca bailamos
Tu mano y mi mano harán un pacto de sólo
tocarse sin avisarnos
Hablaremos de lo que hacemos estando
ausente el uno del otro,
De cómo existimos para no apegarnos a la vida
Y reiremos un poco más y mil palabras se
quedarán mudas
Mi boca te besará sin tocarte
Hedme aquí con alcohol y tanto llanto
Me pedís alejarnos más
Y me alejo, digo que sí, que está bien,
pero grito por dentro que ¡No!
Pero me digo sí
Entre esa lucha conmigo misma, vos ya me
miraste, me callaste, me besaste
El bar se trasladó a nuestros cuerpos y nos
pedimos, otra copa más
Voy a dejarte dolor, esperame, que vuelvo
La última palabra saldrá de tu boca
En el último insomnio soñaras con el amor
En la siguiente soledad, será conmigo y
nada más.
*******************
Más fuerte que el pensamiento
Más fuerte que la música del vecino
Más fuerte que tu tele
Más fuerte que el ladrido del perro
Más fuerte que las bombas
Ponele, ponele más fuerte
Más rápido que el bondi
Más rápido que el que camina
Más rápido quien compra
Más rápido para llegar a casa
Más ansioso por cobrar
Más ansioso por chuparte la canasta de
navidad
Más ansioso que el ouro fino 3 x 10.000
Más, dame más
Tiempo, dame más
Tiempo, soledad
Tiempo, supervivencia
Tiempo, muerte
Tiempo, ya no doy más
Inercia, dame más.
viernes, 25 de septiembre de 2015
Martín Espinosa
Un poema maradoniano
Parece
que el fin de la euforia
nos encontró
sin tranquilizantes.
Necesito
mi amor
que esta noche
me recites
desnuda
un poema
maradoniano.
Porque
hoy no fue
un buen día:
la lluvia de invierno
(ni pantuflas ni mate),
el canto perverso
de las viejas sirenas,
el porro de los cartoneros,
“ese tipo de cosas”,
hicieron
que llegue tarde
y perdí
otra vez
el presentismo.
En el subte
imaginé
la explosión
de una bomba
en el cementerio.
Una fotocopia
en la dicha
por no saber
la verdad:
es un cover
de algo
que supo ser
más puro
y original.
¿Cómo
se sobrevive
en un mundo
ya sin cerdos
ni peces?
Es muy en serio
mi amor
esta noche
la sed
es insoportable
y no se
que pueda pasarme
si no escucho
en el viento sur
un poema
maradoniano.
Lo prometo:
esta vez
la resaca
no va a doler.
Ruidos molestos
Esta luz blanca
hace que la noche
parezca imposible.
Y el silencio
en peligro:
ya son demasiadas
las voces
como murallas
entre las cosas
y nosotros.
¿qué hay
abajo?
¿y bien al fondo?
¿alguien
se anima
a raspar?
¿y vos
qué preferís?
¿una mesa
o una idea?
Todo tuyo
es el mundo
si elegiste
a la mesa.
Nada es gratis
Esa frase
no la entendí bien al principio
nada es gratis
dijo el Monje del Conurbano,
un maestro zen
en el corazón del Abasto.
Hasta que la cuenta llegó
(cobrada a palazos)
en la puerta de una cancha
de visitante
sin custodia.
Decidí visitar al Monje
(necesitaba un bonustrack de su mística)
en el tren compré mantecol
mientras dos pibes
se peleaban en el furgón
por el título mundial de la Oscuridad
ganó un rato cada uno
al final
perdieron los dos
Me recibió en su casa
y al estrechar su mano callosa
recuperé la calma perdida
Le entregué mis ofrendas:
dos bolsas con verduras
un pedazo de queso
media docena de huevos
Hicimos una sopa
hablamos de Henry Miller.
Más en el blog: http://puroversos.blogspot.com.ar/
lunes, 13 de julio de 2015
ALBIN LAINEZ
currícula
ALBIN LAINEZ, poeta suburbano, nacido en la
convulsa década del cincuenta. Asiduo participante de talleres literarios en
Monte Grande y Luis Guillón, Buenos Aires,
Argentina, donde reside actualmente. En su
haber se cuentan dos libros de poesías: ALREDEDOR INFINITO y ESTA ERRANCIA,
este último de elaboración artesanal. Ambos se pueden encontrar en la Flia. Monte Grande y
en eventos poéticos de por acá.
Su blog literario es:
http://arlane-simbionte.blogspot.com.ar/
Suele navegar por las turbulentas aguas del
facebook con este mismo apelativo
********************************************
De frente de una de pronto topé con
la maravilla, ABYA YALA
un canto profundo descendiendo
desde sus serranías, aguas para liberar hacían coro.
Tanta pureza que ensimisma, solo
para mí por darme cuenta.
Cayó una oración nueva, extranjera,
pa saludar al paisaje espejo de natura interna. Al toque todo el espacio se
hizo eco con un concierto piado, hojas de musicales vibras,
de los árboles surgían zapucays, y
un rock milenario nació en las graves piedras.
Entré en fluidez comunicacional.
Fue sonido melódico el universo cantándome amor sin fronteras, elevé entonces a
mis anchas.
Aún hoy sigo alto, hablo con
estrellas, abrazo distancias siderales, transmigro en sol o en luna. Y los
pastos me obsequian su sinfónico verdor
ante mi falta de un lenguaje pa decir
adiós
********************************************
Ausentemente
sopla lo gris y denso, noche. Ahora
no hay color donde morir o yacer. Los pájaros que nubes fueran, para mi mal
huyen. Podría perseguirlos, encauzarlos entre lo negro, pero ya suponen
mortajas, fuga de párpados muertos
domingo, 22 de junio de 2014
Martin Petrozza
SIETE MESES CON BECKY
Becky
odiaba a mis amigos y a mi gata Mariana y a todo lo que tuviera que ver
conmigo, incluyéndose a ella misma. Me odiaba porque vivíamos en una habitación
de casa de huéspedes en la colonia Roma, y porque nuestra parte del
refrigerador compartido estaba siempre llena de cerveza o vacía en su
totalidad. También odiaba la casa de huéspedes y a los huéspedes, y a las cajas
vacías de cigarrillos que yo dejaba por toda la habitación, y a los ceniceros
abarrotados de colillas como montañas que solía coleccionar en la cornisa de la
ventana.
Me
enrollé con Becky después de terminar mi relación con una chica de Satélite a
la que dejé de ver porque el recorrido hasta el Estado era una penitencia que
no estaba dispuesto a sufrir por nadie. Becky era la clase de mujer que buscaba
liarse con un hombre rico. Por aquel entonces yo había recibido un dinero
proveniente de mi padre, por motivos que no interesan ahora, así que no me
costó hacer creer a Becky que yo era un hombre adinerado. La invité a salir un
par de veces y en ambas ocasiones me gasté más de tres mil pesos en menos de
cinco horas, lo que hizo a Becky morder el anzuelo. Pensó que yo era una
especie de millonario excéntrico porque no trabajaba y vestía casi como un mendigo
pero le regalaba chocolates de setecientos pesos y arreglos florales enviados
hasta la puerta de su casa que me costaban mil pavos. Becky vivía con su madre
en la Escandón; el sueño de toda su vida era mudarse a la colonia Roma o a la
colonia Condesa. Cuando le dije que yo vivía en una casa en la calle de Jalapa
no tuvo otro remedio que acostarse conmigo. Yo era el hombre que ella
necesitaba.
Comenzamos
a salir en serio después de hacer el amor un par de veces. La
primera vez ocurrió en un hotel de la colonia Portales. Habíamos ido a la
fiesta de un amigo escritor. Era una gran fiesta. Daban whisky y sodas
italianas. Bebimos hasta emborracharnos y a la media noche salimos corriendo en
busca de un sitio para hacerlo. Dos calles adelante encontramos un hotel, no
muy elegante para los aires que se daba Becky, pero teníamos unas ganas del
carajo. Un sol grisáceo y húmedo cayó sobre nuestros pechos desnudos al
amanecer, un sol oscuro y satánico. Así supe que mi relación con Becky sería un
tormento. No dije nada porque tenía un culo bastante bueno y podía soportar
cualquier infierno si al menos tenía un culo caliente para acariciar por las
frías noches del invierno de mi vida.
La
segunda vez lo hicimos en mi habitación. Llegamos a ella bebidos hasta la
coronilla luego de una farra monumental en un bar de la colonia Condesa donde
me gasté tres mil quinientos pavos en bebidas diminutas que costaban doscientos
y trescientos pesos porque venían acompañadas de una sombrillita de colores y
las servía una chica semidesnuda. Antes de entrar a la casa me planté frente a
ella y le dije, estirando los brazos: ¡He aquí mi casa! Era una casa enorme, de
construcción antigua y ventanales y fachada protegida por la secretaría de
cultura o algo; una institución que preserva ciertas fachadas arquitectónicas
porque son muy antiguas. Becky suspiró y sus ojos brillaron con la maldad de la
avaricia. Como era de noche e iba borracha no notó que en la casa vivía otra
gente y yo sólo rentaba una habitación. De todos modos, la sala era un
espectáculo: había un candelabro enorme y sillones Luis XVI, que por supuesto
eran pobres imitaciones, pero lucían bastante bien a la luz de la luna maldita
que embriagó nuestros sexos para relacionarnos y destruirnos poco después,
culpándonos por las desgracias de nuestras puñeteras vidas. No hace
falta decir que aquella noche hicimos el amor como un par de bestias extasiadas
por el licor de un extraño brebaje.
Despertamos
a las tres de la tarde del día siguiente porque la gata se había cagado y hacía
un olor espeluznante por todo el cuarto que picaba las narices. Esa fue la
carta de presentación de Mariana. Aquella tarde Becky dijo que odiaba a los
gatos. Tuve ganas de matarla allí mismo pero me contuve porque soy un asesino
sólo en mis fantasías (he matado a mucha gente de formas atroces).
Nuestra
relación continuó así hasta que se me acabó el dinero y Becky fue descubriendo
la verdad: yo era un escritor desconocido tan pobre como cualquier otro
escritor desconocido. Para ese entonces Becky se había mudado a mi cuarto y
toleraba todo porque seguía pensando, estúpidamente, que yo tenía una fortuna
escondida en algún lado. Dejé que creyera lo que quisiera. No me importaba si
se largaba al día siguiente. No se largó.
Después
de todo le gustaba echar trago conmigo. Decía que yo era uno de los pocos
hombres que saben beber con clase. Es decir, que pueden beber durante toda la
noche sin lamentarse y sin contarte su vida o sus derrotas o sus amores pasados
y hacer el amor sin perder la dureza por haber bebido tanto. Desde ese punto de
vista, Becky también sabía beber con clase. Podía soportarlo todo siempre y
cuando la bebida costase más de ochocientos pavos. Esto fue el principio de
nuestras riñas: ya no tenía dinero para algo más que cerveza en lata y no había
otra cosa que Becky odiase más que la cerveza. Me iba a la tienda y regresaba
con dieciocho latas de Billy Rock. Becky
me echaba pleito porque toda esa cosa me costaba menos de cien pesos. Es lo que
hay, Dios, decía yo. Destapaba un par de latas y las bebíamos en silencio
mientras la gata se acurrucaba en mis piernas, o en las piernas de ella y se
fastidiaba. A veces venían mis amigos y todos traían Billy Rock. Es lo único
que bebíamos y Becky se volvía loca. Cuando se emborrachaba comenzaba a
insultarnos. Gritaba que éramos un maldito grupo de borrachos sin clase. Yo
dejaba que hiciera cuanto quisiera. Una noche aventó seis latas de cerveza por
la venta y todos la peleamos por ello. Becky sacó quinientos pavos de su bolso
y nos los aventó. Dijo: ve ahora mismo y compra una botella de whisky, maldito
seas. Entonces la perdonamos. Bebimos el whisky sin vasos. No duró más de una
hora.
Por
las mañanas dormíamos hasta que la gata se cagaba y yo debía levantar aquella
cosa, tirarlo por el excusado y regresar a cama. Cuando regresaba Becky estaba
fumando cigarrillos, mirando por la ventana, anhelando una vida mejor. Le
decía: no tienes que soportarlo. Puedes irte cuando te plazca. Si estaba de
humor me chupaba la polla con la ventana abierta y los vecinos se
escandalizaban. Una noche recibí una llamada del casero. Dijo: ¿Petrozza, has
leído el reglamento de la casa? Sí. Vale. Colgó el teléfono. Dos horas más
tarde estaba en la puerta de mi habitación. No se permiten mascotas, dijo, lo
siento. Alguien había corrido con el chisme. Mariana no es una mascota, dije.
Me miró asombrado. Es una vieja amiga, vamos. Lo siento, repitió. Ya, dije. Se
marchó sin decir nada más y pude mantener a la gata en adelante.
Comíamos
en fondas baratas, lo que hartaba a Becky. Se preguntaba cómo la gente puede
comer estas cosas. No es que Becky fuese rica, ya dije, pero se las daba de reina.
Así, decía yo y me zampaba un bocado de lentejas. Becky hacía muecas pero se
tragaba su plato como un perro que come croquetas.
Un
sábado por la tarde fuimos a una reunión de escritores en la colonia San
Rafael. Becky se quejó todo el camino. Hicimos el recorrido a pie y gritaba que
yo la estaban matando lentamente. Bebimos vino. Becky era ignorante. Pensaba
que el vino era una cosa muy sofisticada. Si supiera que nos costó ochenta
pesos la botella… Cuando estuvimos bebidos nos besamos en la cocina de la casa.
Le saqué las tetas del vestido y dio un gritito. No, dijo, hay que hacer las
cosas con clase. Era su frase favorita. Se metió las peras y me llevó a la
habitación. Allí se dejó hacer. Eso fue a las once de la noche. A las dos de la
madrugada Becky desapreció. Se fue con un escritor chileno que conoció aquella
velada. Mis compadres quisieron consolarme. No es nada, dije. Al día siguiente
la escuché gritar por la ventana. Había dejado las llaves a donde sea que fue
con el chileno. Asomé medio cuerpo por la ventana y le grité puta. Dio media
vuelta y emprendió la marcha. Bajé por ella en calzoncillos. La tomé del brazo
y la arrastré a casa. En la habitación se soltó a llorar y ofreció disculpas de
un modo infantil. Luego de aquello volvió a engañarme cinco veces.
Dejamos
de hacer el amor con frecuencia. Bebíamos Billy rock y escuchábamos discos de
Billy Idol, David Bowie, Frank Zappa, Led Zepellin y Willy Deville. Fumábamos
cigarrillos y aplastábamos las colillas sobre las paredes. Becky se estaba
resignando. Ya no se quejaba demasiado. Su queja más grande era la pocilga
donde vivíamos. No había para más. Al menos, decía yo, estamos en la colonia
Roma, ¿no? Becky asentía con la cabeza. Esas cosas eran muy importantes para
ella. Podía decir: vivo en la colonia Roma. Nadie debía saber exactamente
dónde. Ni exactamente con quién.
De
lunes a jueves bebíamos ajustándonos a mi presupuesto de las regalías de un par
de libracos que
había publicado y al dinero que enviaba la madre de Becky. En total siete mil
pesos al mes. El alquiler costaba cinco. No quedaba mucho si descontamos las
comidas y los cigarrillos. Los fines de semana nos esforzábamos por ser
invitados a fiestas donde dieran bebida. Hacía llamadas a toda mi agenda hasta
escuchar las palabras mágicas: ¡hay fiesta! ¡Hay chupe! Era una lucha constante
por mantenernos ebrios. Cuando no bebíamos discutíamos. Cuando bebíamos
también, pero en la sobriedad solíamos herirnos más. Cuando estás sobrio las
palabras pueden ser dagas en el corazón. Borracho no. Borracho te importa un
pito.
Una
noche de martes, estando en la habitación, llamaron a la puerta. Era uno de los
huéspedes vecinos. Quería saber si podíamos bajar el volumen de la música y
callar nuestras risas. Lo estábamos pasando bien porque la madre de Becky había
enviado más dinero del acostumbrado. Compramos vodka y vermú y preparamos
martinis y los bebimos acompañados de carnes frías y aceitunas. Becky insultó
al huésped. Cogió un puño de arena del arenero de Mariana y se lo arrojó a la
cara. El chico se puso muy mal. Lo vi venir. Salté sobre él y le pegué con el
puño en la quijada. Se largó echando pestes. Al día siguiente el casero llamó
otra vez. Becky y yo dormíamos a pierna suelta. Petrozza, dijo, lo siento pero
debo pedirte que desalojes la habitación. Ya. Antes de las dos de la tarde. Era
medio día. Ya. ¿Quién era?, preguntó Becky. Nadie, dije y me volvía dormir. A
las tres de la tarde tenía al casero encima. Venía con un par de matones para
lanzarme de ser necesario. También estaba el chico que nos riñó anoche. Era un
marica de la escuela de actuación. Tenía la cara morada y los ojos rojos. Nos
miraba como un Diablo. Pedí hablar con el casero a solas. Salimos al patio. Le
dije: verás, siento mucho lo de anoche, perdí el control. No hay remedio,
sentenció. Espera aquí, ¿quieres? El casero esperó. Entré a la habitación. El
chico se había ido y los matones aguardaban en la sala. Pregunté a Becky cuánto
dinero teníamos. Alzó los hombros. ¡Cuánto!, grité. Becky miró debajo de la
cama; solíamos guardar la pasta debajo de la cama, en un zapato viejo sin par
que yo consideraba de la buena suerte. Sacó el zapato y miró. Mil quinientos
pavos. Dámelos. Becky me estiró la plata. Regresé con el casero y se los di.
Por lo daños causado, ¿vale? Miró el dinero un par de segundo antes de tomarlo.
Luego lo tomó y se largó de ahí sin decir absolutamente nada. Camino a la
habitación me encontré de frente con el marica. Le sonreí y le hice la señal de
dedo. Se quedó con la boca abierta al verme entrar al cuarto como el que más.
Aquellos
días fueron los peores para Becky y para mí. Estábamos en blanco. Del vodka no
quedaba ni gota. Había siete cervezas en el refrigerador. Eso era todo nuestro
patrimonio. Bebimos las cervezas en dos días. Las cuidábamos como si fuese agua
en el desierto. Comimos migas de pan. El tercer día fui al refrigerador
compartido y robé jamón, queso, fruta y una coca cola. Becky lloraba. Puedes
irte con tu madre, aquí las cosas están duras, le dije. Movía la cabeza de un
lado a otro. No puedo, decía. ¿Por qué no? Becky había dicho a su madre que
vivía en una casa preciosa en Jalapa con un hombre encantador que la cuidaba y
la sustentaba. El dinero que le enviaba era para gastos personales. No
imaginaba la realidad. No puedo partirle el corazón, decía. La madre de Becky
era como Becky, siempre le inculcó buscar un hombre adinerado y Becky lo había
intentado todos estos años (Becky tenía veintisiete años) sin lograr nada. Su
madre comenzaba a pensar que Becky era tonta o no lo suficientemente buena para
hacerse de un buen partido. Abracé a Becky y la consolé. Encontraremos el modo,
dije. Becky negó con la cabeza. No confiaba en mí para ganar el pan. Siendo
sinceros, yo tampoco.
Conseguimos
sobrevivir un par de días más con el robo de alimentos. Compramos un periódico
con quince pesos que encontramos tirados en la habitación y buscamos empleo.
Becky pataleaba cada que yo leía uno para ella. Mira, aquí hay algo, le decía:
vendedora de mostrador en centro comercial. Dos mil quinientos más comisiones.
El tiempo se nos agotaba. Necesitábamos juntar el dinero del alquiler en menos
de diez días y mi cheque no saldría hasta el mes siguiente, si no se atrasaba
(solía atrasarse hasta quince días). Otro: mesera de bar en Álvaro Obregón.
Quinientos la semana más propinas. Daba la impresión que estaba leyendo las
Sagradas Escrituras delante del Diablo. Becky chillaba y se maldecía a sí misma
y a mí y a la gata y a todos mis amigos y a esta casa de porquería. Finalmente
dimos con uno: demoedecan para cerveza Sol. Setecientos por cuatro horas de
degustación en eventos promocionales. Jueves, viernes y sábados. ¡Eso eran dos
mil cien pavos la semana por tres días de trabajo y cuatro horas al día! Becky
alzó los ojos. ¿Crees que yo… pueda? ¡Caray, exclamé, pero si estás hecha un
bombón!
Al
día siguiente nos presentamos en la oficina de reclutamiento. Hicimos el camino
a pie, hasta San Pedro de los pinos. Becky se metió en su mejor vestido y se
maquilló. Las mujeres saben hacer esas cosas: lucía como una modelo de revista
(una revista no muy elegante). Entró a la entrevista. Había un montón de chicas
guapas y todas habían hecho lo mismo que Becky. Esperé fuera fumando un
cigarrillo que pedí regalado un señor que pasaba por la acera, rogando a Dios
que cogieran a Becky. Cuando salió se me fue encima. Me besó la cara. ¡Tenía el
empleo! Comenzaba mañana mismo (hoy era miércoles). Debía presentarse en un bar
de la colonia Del Valle. Regresamos a la habitación a comer pan dulce y agua
embotellada.
Pedí
doce pesos prestados a un chico que vivía en la habitación de atrás de la casa
y con el que no había tenido ningún problema. No fue un lío. Me los estiró como
el que más y Becky y yo pudimos tomar el Metrobús hasta la Del Valle y llegar a
la una de la tarde al bar. Había que promocionar cerveza Sol. Le dije a Bekcy
que esperaría por ella. Me fui a dar la vuelta en busca de personas fumando que
me regalasen cigarrillos. Cuando volví, la miré: Becky estaba con la charola en
la mano, ofreciendo cervecitas Sol a los clientes y la gente que pasaba. La
habían disfrazado de animadora. Lucía realmente buena. Llegué a pensar que
setecientos pesos era poco para tener a mi mujer haciendo un trabajo tan
vulgar. Había otras chicas. Todas estaban buenas, no sabías a cuál irle. Pensé
que si me liaba con un buen número de chicas podía tenerlas trabajando. Los
hombres que se acercaban miraban el culo de las chicas y escuchaban todo el
rollo que debían decir sobre cerveza Sol. No había mucho que decir sobre una
cerveza, pero Sol se lo tomaba muy en serio. Las chicas sonreían a los chistes
de los hombres y éstos se iban volados con su cervecita. Algunos pedían hacerse
fotos con las modelos. Las llamaban modelos. Se hacían las fotos y se iban
empalmados hasta sus casas o sus trabajos y mostraban las fotos a sus
compadres. Algunos hasta las publicaban en redes sociales. ¡Pelmazos!
Bueno,
así estuvimos dos semanas y pudimos pagar el alquiler. Sin embargo, el humor de
Becky no cambió. Ahora decía que yo era un chulo, un padrote. No es justo que
yo trabaje mientras tú te das vueltas y mendigas cigarrillos. Ya, dije, algo
tengo que hacer yo, no voy a quedarme a mirar todo el tiempo. Busca
un empleo, amenazó. No lo necesitamos, dije, tu empleo es la puta madre, tres
días a la semana y tenemos pasta y cerveza (Becky aprendió a robar la cerveza
que no se degustaba, o la que escondían los empleados para que no se
degustase). Sí, dijo, pero esta cerveza sabe a mierda. Era verdad. No sé cómo
la gente puede beber cerveza Sol. Al menos cuesta más que Billy Rock, me
defendí, y según tú… si cuesta más sabe mejor. Vete a la mierda, exclamó.
Mi
relación con Becky duró siete meses. Al séptimo mes comenzó a irse con los
chicos del trabajo. Además de las demoedecanes estaban los supervisores y los
animadores de micrófono. Eran compadres ejercitados y metrosexuales que habían
cogido aquel empleo para follarse a las chicas. El juego no les salía mal.
Esperaba a Becky todos los días de trabajo. Terminada la labor nos íbamos en
Metrobús a casa. Un buen día caminó conmigo a la esquina de la calle y dijo que
esta vez iría con los chicos a celebrar el cumpleaños de uno de ellos a un bar
en Felix Cuevas. Dije que podía llevarme. Se negó. Es sólo para chicos del
trabajo, ya sabes, va el supervisor y… Ya, dije. Hice el regreso a casa solo.
Esperé a Becky hasta las once de la noche, bebiendo esa mierda de cerveza que
era todo lo que había en el refrigerador. Me dormí. Becky llegó al día
siguiente. ¿No crees que te hayas excedido?, pregunté cuando la miré entrar. No
dijo nada. Se desnudó y se metió a la cama conmigo. Hubo unos minutos de
silencio. Luego, mirando al techo, dijo: yo trabajo. Merezco una diversión de
vez en cuando. Así quedamos, pero Becky comenzó a salir a fiestas más a menudo
y yo tenía que hacer el regreso a casa solo y beber solo y dormir solo y
esperar, esperar, esperar sin follarme a Becky porque llegaba borracha y
cansada.
Una
mañana de domingo, en que Becky no debía trabajar, salí a comprar cigarrillos.
Ahora ella pagaba el alquiler, la bebida, la papa y todos los gastos nuestros.
Yo ahorraba el dinero de las regalías para un futuro mejor. Así acordamos. Su
madre ya no mandaba dinero. Becky le había dicho que no lo necesitaba. Su
hombre (o sea yo) había cogido un mejor empleo y estábamos de lujo, viviendo en
nuestra casona de ensueño. Cuando volví encontré a Becky haciendo las maletas.
Las mismas maletas con que llegó a mi vida un día de mayo. Eran un par de
maletas de piel de la marca Louis Vuitton. ¡Qué coños!, grité. ¡Me largo!,
respondió ella. Me senté en la cama y encendí un cigarrillo. No puedes dejarme
botado, Becky, linda, por amor a Dios, recapacita. Becky no hablaba. Metía
todos sus vestidos a las maletas y empaquetaba los zapatos en bolsas plásticas
que no sé de dónde demonios había sacado. Venga, le dije, no es justo. ¿POR QUÉ
NO ES JUSTO?, gritó ella. Vale, dije, porque yo te saqué de casa de tu puta
madre. Becky no contestó. Dios, nena, ¿no lo ves? Todo este tiempo me he
preocupado por darte lo que puedo. He hecho lo mejor para nosotros. Becky
terminó de empacar. No era gran cosa. Un par de maletas y cuatro bolsas de
zapatos. Un coche aparcó en la acera. Le escuché aparcar por la ventana. Me
asomé. Era un Ibiza con quemacocos. Tocó la bocina. Becky se lanzó a la venta y
gritó: ¡Ya voy! ¡QUÉ PUTA MIERDA ES ESTO?, grité. Es Richard, dijo. Luego
agregó: ¡me largo!
No
hice nada por detenerla. ¿Qué habrías hecho tú? Cuando se fue fui al
refrigerador. Cogí un par de cervezas Sol y las bebí pensando en Becky, en cómo
la conocí. En su sonrisa cuando le pagaba las cuentas de los bares en Condesa y
en su culo visto de la posición de perrito. En sus cabellos rubios y sus axilas
depiladas. En sus pies blancos. Es su coño húmedo y cálido. En su boca que me
chupaba la polla porque creía que mi semen era el semen de un millonario. En
sus calzones. En su vello púbico rubio y bien depilado. En sus sueños de tener
un hombre y una casa. En su madre, a la que nunca conocí, creyente del
bienestar de su hija. En el chileno con que se fue aquella vez. En los otros
hombres con quienes se acostó. Los conocía a todos. Eran amigos míos,
escritores y poetas de poca monta. En la saliva de Becky sobre mi almohada. En
los discos que escuchamos juntos. En las lentejas que odiaba. En su mirada
malévola cuando enfurecía conmigo y mis amigos. En sus gritos desesperados
porque sólo había Billy Rock. En sus tetas bien formadas, a las que había
acariciado tata veces. En sus dientes blancos. En su pavor por la lectura y
todo lo que tuviese que ver con libros. En su vestido rojo. En las toallas
sanitarias que escondía detrás del excusado. En sus ojos güeros. En sus
calcetas botadas por toda la habitación. En sus esperanzas de una vida mejor.
En el zapato de los ahorros… ¡El zapato de los ahorros! Busqué debajo de la
cama. Allí estaba el zapato. Lo saqué con desesperación. ¡ESTABA VACÍO!
Verónica Pinciotti
¿A QUÉ JUEGAS, CHINITA?
Llegamos al
bar a eso de las diez de la noche, mi novio y yo, y ya estaban todos adentro.
Cuando llegamos había buena música: unas canciones de música electrónica. Fue
lo que le dije a Verónica cuando la saludé; le dije ay que buenas
canciones ponen aquí. Entonces escuché su voz, que dijo: esas no
son canciones, las canciones son cuando alguien canta, y además, la canción es
subgénero del poema, no precisamente algo que tiene encima música. Volteé
a mirar porque no me lo creía pero resultó verdad. Allí estaba el imbécil de
Martin Petrozza. Debí imaginarlo porque era muy amigo de Verónica y estábamos
celebrando la partida de Vero a Francia. Se iría por un mes, y regresaría;
siempre se iba y regresaba, pero cualquier pretexto es bueno para ir a echarse
unas copas a cualquier bar. Más si es entre amigos.
El
caso es que allí estaba ese güey y cuando escuché su voz fue como una patada al
hígado, neta. Tuve que saludarlo porque no iba ser yo la que hiciera un drama
(y menos en la despedida de mi amiga). Lo saludé rapidito y aproveché
para presentarle a Rodrigo, mi novio; a ver si así se estaba en paz porque era
una lata, de verdad. No sé en qué momento se le metió la idea de que yo, o
sea, yo, podría salir con él; si era un mamarracho muerto de
hambre. De verdad que no entiendo cómo Vero puede soportarlo; nomás porque son
iguales, leen y leen y disque son intelectuales. Lo que es yo, soy sincera: no
me gusta leer y qué, al fin que leer no sirve de nada.
Luego
saludé a todos los demás; a Dieguito, que es un amor y ese sí tiene lana; a
Ricardo, a Brenda, al Sebas, a su novia Inés, a Pacotrón, a Chema, a Lucero.
También me presentaron a los amigos de Lucero que venían en bola y eran como
ocho pero estaban en otra mesa. Después que terminé de saludarlos a
todos, ufff, Vero se me acercó y la abracé y le dije que le deseaba
buen viaje y que la extrañaría mucho. Vero era una vieja a toda madre, cuántas
pinches pedas no nos habíamos puesto ella y yo solas (aunque luego
acabáramos acompañaditas). Cómo no la iba a extrañar, chingao.
En ese momento se acerco Dieguito con un caballito de tequila y dijo que
era para mí por llegar tan tarde, y yo le dije no manches güey, ¿que no
ves que ora manejo yo? Tuve que recordarle que Rodrigo había
chocado recién; el babas se estampó contra un camellón la noche del sábado
pasado, por andar de borracho. No le pasó nada pero el pinche coche se desmadró
de abajo, del eje o de la guía o de la flecha, yo qué sé; el caso es
que está en el taller y vinimos en mi carro. Dieguito insistió y pidió el apoyo
de todos y toda la bola de ogeis le siguió el juego y
empezaron a cantar fondo y me lo tuve que chingar. Lo bueno
que antes no había bebido nada porque si no si me pongo peda.
Nos
sentamos junto a Verónica porque yo no iba a sentarme en otro lado, la
verdad que había ido nomás por ella y si hubiese sabido que va Petrozza lo
pienso dos veces. Quedamos así: primero el naco de Petrozza, después Vero,
después yo y después Rodrigo. Enfrente de nosotros estaban Ricardo, Brenda, El
Sebas y su novia. En los costados, Dieguito en uno y Pacotrón y Chema amontonados
en otro. Lucero pasaba de una mesa a otra porque también tenía que estar con
sus amigos. El bar era el Mala Fama, que está en la colonia Condesa.
Ya
que todos estábamos bien instalados y servidos (habían pedido unas botellas de
brandy), le pedimos a Vero que nos contara cómo iba con su marido. La güey se
había casado hace poco y a todos nos tenía intrigada porque la neta la neta,
nadie conocía bien a su esposo. Sabíamos que se llama Scott y
era evidente que Vero no lo amaba. Vero era una cabrona, ella misma decía que
se había casado por dinero; pero que ni falta le hace a la canija. Entonces nos
dijo que iba bien, que ahora sí podría dedicarse a escribir, que es lo que le
gusta, sin tener que sacarle lana a su padre. En eso, Martin metió su cuchara,
abrió la boca y dijo buena decisión; tu padre está más cerca de la
muerte que Scott, y para el caso, que es sacar varo de un hombre... joder,
felicidades. Todos nos callamos porque eso de que su padre estuviera
cerca de la muerte y de que Verónica sólo quisiera sacar dinero a un hombre no
es algo de lo que se habla en la mesa. Dieguito le contestó no mames,
cabrón, no seas ojete; eso no se dice. Pero a Petrozza le valió madre,
sobre todo porque Verónica lo defendió diciendo que eso era cierto, frío pero
cierto; y brindó con él.
Ricardo
cambió de tema la conversación, le dijo a Vero que no podía dejar de comer
en La galoche d´Aurillac, un restaurante que está en la rue
de Lappe, saliendo de la estación Bastilla. Brenda
estuvo de acuerdo, dijo que el día que ellos dos fueron (Ricardo y Brenda)
comieron exquisito y sin ser demasiado caro. Inés, que nunca puede callarse la
boca dijo que eso no era nada, que si de verdad quería comer bien, lo que se dice bien,
debía ir a le Jules Vernes, que es un restaurante dentro de la Torre Eiffel y con
una vista estupenda, sobre todo de noche. Verónica asentía a todo, como si no
le importara y yo lo noté y les dije ay tampoco es la primera vez de
Vero en París… Dieguito me interrumpió, dijo que qué onda, que si
alguien quería botana o algo. Se lo preguntó primero a Verónica y respondió que
no y todos los demás tampoco quisimos y Rodrigo, mi novio, le dijo no
mames güey tú siempre tienes hambre, qué pedo. Dieguito se sobó
la panza y dijo oooh pus hay que alimentar a la solitaria.
Después
de eso todo el mundo se puso a hablar de diferentes cosas. El Pacotrón y Chema,
que de por sí son bien callados, hablaron entre sí; creo que de videjuegos, que
es lo que más les gusta a esos dos. Brenda e Inés hablaron de cuando ellas
mismas fueron a París, y sus novios, es decir, Ricardo y el Sebas se cambiaron
de lugar para dejarlas hablar y se unieron a nosotros. En nuestra conversación
estaba Vero, ellos dos que se unieron, Petrozza, mi novio y yo. Rodrigo le
preguntó a Petrozza por qué él no estaba bebiendo brandy y qué bebía. Petrozza
le contestó que whisky, y que lo hacía porque él sólo bebía cerveza y whisky; y
yo pensé que eso del whisky sólo lo hacía con Verónica porque ella le pagaba la
cuenta y de otro modo no podría comprarlo. Verónica misma me lo había contado,
que Petrozza era escritor y era pobre y que ella le ayudaba a vivir. Yo nunca
entendí por qué, a mí ese Petrozza me caía en la punta del pie. Entonces el Sebas
le preguntó que de dónde conocía a Verónica, porque a Petrozza no lo conocía
nadie, sólo Vero y yo; y yo lo conocí una vez que me puse hasta la madre con la Vero.. .
Habíamos
ido a Tlalpan y ella ya me había hablado de su amigo el escritor. Nos metimos a
una cantina y luego que estuve borracha le dije llámale a alguien
pa´que nos acompañe; es decir, pa´ ya sabes qué, y ella dijo ¿quieres
que te presente a mi amigo, el que escribe? Yo estaba hasta mi madre
así que le dije que sí, total, si ella confiaba en él…
Cuando
llegó no me importó, ya estaba allí y yo andaba prendida. Bebimos unas copas en
la cantina y cuando estuvimos a punto nos metimos al coche de Vero, que es en
el que habíamos llegado y nos dimos unos besos. Verónica condujo hasta la casa
de Martin y llegando, no supe ni cómo pero ya estaba sin calzones y encima de
la cama. Él sí quería coger pero a la hora de la hora la neta me dio cosa. Le
dije que sólo lo haríamos si tenía condones, porque la neta pensé que no los
tendría. Total que sí los tuvo. Lo vi desde la cama: entró al cuarto de baño y
salió con el p... parado y el condón puesto. En la madre, pensé, y ahora cómo
le digo que no. Vero, Vero… comencé a llamar a mi amiga y
cuando Petrozza llegó hasta mí me dijo: Vero ya se fue, dijo que pasa
por ti mañana. No jodas, le dije, no es verdad.
Pero sí fue verdad, la Vero
me dejó allí porque ella no se iba a quedar a ver. Por pendeja yo, pensé,
pa´que le pides carne al carnicero. Tuve que confesarle a este güey que ya se
me había bajado la calentura y que me sentía muy mal.
Creo
que eso fue lo que me dolió, que me comprendiera. Se sentó en la cama, junto a
mí y me acarició la cabeza. Me dijo: ay, chinita, pa´que veas que la
cerveza y el sexo no se mezclan. Ya estás grande, ya deberías saber que si se
coge no es por amor ni por calentura; es por convicción o por dinero. Yo
malinterpreté su comentario, le dije que no era puta y él… que comprendió que
yo no entendí, me dijo que eso ya lo sabía y que de todos modos él no tenía ni
un quinto. No tener dinero es un buen modo de no tener miedo que te
estafen o te roben, agregó. Así que estate tranquila, porque no soy un
violador; y si no quieres… pues no.
Se
metió a la cama, conmigo; no sé en qué momento se quitó el condón o si se lo
dejó allí, pero dormimos rico. Al principio no, al principio lloré porque la
borrachera se me bajó y me di cuenta que si no fuera porque Vero me dejó en
buenas manos yo estaría quién sabe dónde y con uno que si me forzaría. Luego me
quedé dormida y cuando desperté estaba abrazada de Martin. Me desperté de golpe
y con eso lo desperté a él. Me dijo buenos días, chinita. Yo
estaba desnuda de la cintura para abajo. Le pedí que saliera para vestirme y
salió.
Me
levanté, me vestí, fui al cuarto de baño y otra vez lloré; pero esta vez por
otra tristeza diferente, no sé bien por qué; me pasa mucho que bebo y acabo con
alguien y luego lloro. Cuando salí le agradecí que fuera comprensivo y él
asintió con la cabeza y dijo que le llamaría a Vero para que viniera por
mí. Le rogué que no lo hiciera, dije que yo misma podía coger un taxi a casa.
Entonces me percaté que no tenía idea de dónde estaba mi bolsa. A qué
buscas esto, dijo yendo al sillón y cogiendo mi bolsa. Sí, sí, exclamé y la
tomé. Se la arrebaté como si él me la fuese a robar y se asombró, pero luego me
cayó el veinte de que había sido muy grosera con él que me cuidó. Saqué la
billetera y conté; tenía dinero suficiente para largarme en taxi aunque me
cobrara el triple de la tarifa.
No sé
por qué lo hice, quizá porque Verónica siempre me hablaba de él y me contaba
que ella le ayudaba a vivir a ese que tenía un sueño: escribir, y lo lograría.
O quizá porque me sentía en deuda con él porque no abusó de mí a pesar que casi
casi yo misma le di las nalgas. O quizá porque en el fondo deseaba pagar por su
silencio, o por una mezcla de todo, pero el caso es que saqué dos billetes y se
los di. Gracias, chulo, le dije y me fui. No titubeó un
segundo y los cogió.
Después
de eso le tomé un odio tremendo a Martin Petrozza. Me había cobrado por
nada. Nunca se lo dije a Vero ni a nadie, es más, ese día en la despedida
de Verónica ni el mismo Petrozza sabía que yo le odiaba. Pero lo peor es que en
algún momento de aquella noche pasada le di mi teléfono y comenzó a llamarme,
ahora sí en plan de ligue. Supongo que quería acabar lo que no acabamos en su
casa, pero la neta yo no quería. Martin Petrozza era la persona más aberrante
para mí en la Tierra. Y
no es que me hubiese hecho algo, ya dije, pero sencillamente no lo aguantaba.
El sólo pronunciar su nombre me daba escalofríos. Oír su voz me enchinaba la
piel. Y si se atrevía a llamarme chinita me dolía hasta el alma.
2
Toda la
noche fue lo mismo, hablar y hablar de París o de Francia en general. También
se habló de otras cosas pero ya ni recuerdo. Hubo un momento en que Lucero vino
a nuestra mesa y se sentó junto a Dieguito y contaron chistes y todos reímos.
Menos Petrozza, él no se reía de nada que dijéramos nosotros y hasta parecía
aburrido, harto de estar allí. Sólo hablaba si alguien le dirigía la palabra o
para dirigirle la palabra él a Vero. Y cuando alguien lo hacía hablar
contestaba seco y tajante y siempre de mal humor. Era muy cínico. Ricardo le
dijo no mames, compadre, ¿cuántos whiskies llevas? Y él
contestó no sé ni me importa, total, Pinciotti paga. Eso hizo
que se ganara el desprecio de todos mis amigos.
Era
un desconocido, un vulgar y un cínico que se atrevía a explotar a Verónica.
Nadie podía entender porqué seguía siendo amiga de él. Yo sí. A pesar de todo
ese hombre era el único de todos los que estaban allí que sería capaz de
proteger en su casa una mujer borracha y loca; no importa si ésta mujer se le
encuera; si te arrepentías podías decírselo. No iba a juzgarte o a violarte
sólo porque cometiste un error. Ni siquiera el pinche Dieguito haría eso y yo
lo sabía porque había un chisme entre los amigos de que el muy cabrón una vez
abusó de una menor que sacó borracha de un bar. Estuvo como un mes llorando de
miedo porque el pendejo perdió su IFE en la peda y estaba seguro que la chica
la tenía y que lo iban a agarrar. Dicen que hasta fue a confesarse a la Iglesia y que dejó de
tomar un tiempo porque no quería cagarla otra vez. Los hombres son así, son unos
perros.
En
todo eso estaba pensando cuando Martin se levantó. Le dijo a Vero que iría a
fumar y salió. Yo no sé que traía yo pero todo el odio que sentía por él se
esfumó. Creo que fue que ya era tarde y había bebido mucho, hasta Rodrigo me
dijo que ya debería pararle porque iba a manejar yo. Pero le dije no
jodas, pus te lo llevas tú y ya. O sea, mi coche. Saqué las llaves de mi
bolsa y se las di. Luego le dije que iría al sanitario.
Tuve
cuidado de que no me viera nadie; hasta fingí ir en dirección al sanitario,
pero una vez perdida entre el gentío me salí a buscarlo.
Allí
estaba en la esquina fumando. Hola, le dije por detrás y volteó y
se sorprendió un poco y luego me dijo qué hay, chinita. Yo
creo que sí ya estaba bien peda porque nomás me dijo chinita y sentí ganas de
c… Por qué no me has hablado en toda la noche, ¿ya no te gusto?, le
dije y luego le agarré la mano y le quité el cigarro y me lo fumé. Él sacó
otro, de su chaqueta y dijo mientras yo se lo encendía: ¿a qué juegas,
chinita? Luego de eso ya no dijimos nada. Nos miramos a los ojos unos
segundos y nos besamos.
El
resto de la noche no pude separarme de él. Hasta le cambié el lugar a Verónica
y estuvimos hablando. Le pedí que me contara de su vida y me dijo que ya lo
sabía. Soy escritor y escribo, es todo. A veces brindábamos o
a veces le tocaba la mano por debajo de la mesa. Verónica se dio cuenta y me
hizo el paro hablando con Rodrigo para distraerlo. No tuve que pedírselo, Vero
es lista, se entera de todo y actúa. La que también lo notó fue la pendeja de
Brenda; a esa ya de por sí me la traía en miras. Me había enterado que andaba
diciendo que tengo problemas con el alcohol. Como si ella no los tuviera, si
todos sabemos de la vez que se cayó en el lago de Chapultepec por andar tomando
en las lanchas; dime si no es de borrachos eso de tomar en las lanchas del
lago. Se lo conté a Petrozza y la señalé y se rió; dijo que no le hiciera caso,
que la gente siempre anda diciendo de uno que tiene problemas de alcohol. No
importa si es verdad o no. Además dijo que los problemas de alcohol no existen,
que los problemas son otros, y lo que hacemos con el alcohol es punto y aparte.
Yo le dije que no entendía eso y me lo resumió. Dijo: mira, si uno es
pendejo es pendejo y se acabó. O si uno pega, es pegador y se acabó. Que lo
haga bajo el influjo del alcohol es otra cosa; no podemos juzgar a la luna
porque un hombre se transforma en lobo bajo su luz. Y el que es tranquilo es
tranquilo, dijo, aunque se chingue dos botellas de ron. Esto me
hizo reí mucho, mucho, mucho. La verdad es que me reí y casi me caigo de la
risa, porque pensé: entonces yo soy puta y no borracha porque nomás tomo y me
pongo acalorada. Pero no se lo dije, fue un chiste nomás para mí.
Rodrigo
fue a verme porque esa carcajada que solté hizo que todos voltearan y
comenzaran a decir ésta ya está hasta las chanclas. Le dije que me dejara en
paz, que andaba bien y que sólo me había reído. Verónica también vino, me
dijo güey no vayas a hacer una pendejada delante de Rodrigo. Sí,
sí, sí, le dije, no te preocupes, es que me acordé de un chiste bueno. Me miró
a los ojos y no dijo nada, creo que me estaba midiendo; el grado de borracha
que estaba.
Cuando
todo estuvo normal de nuevo le pregunté a Petrozza si no quería otro
cigarrito. Yo sí, respondió, la cosa es saber si tú de verdad lo
quieres. Lo quiero, dije. Esta vez lo dije muy segura y él debió
notarlo porque me tomó de la mano, con mucha fuerza y me jaló hasta afuera. Yo
tuve miedo, ya sabes, de que todos nos vieran pero luego pensé: a la chingada,
esto es así.
Caminamos
por el camellón, hasta una parte oscura y allí nos besamos. Comenzó por besarme
la boca y el cuello y luego me agarró las nalgas. Me tocó los senos y yo tenías
unas ganas y al mismo tiempo mucho miedo pero no se lo dije porque pensaba que
esta vez no me dejaría ir; ya se la había jugado una vez. Me sacó las chichis y
pensé: no jodas otra vez vas a acabar así en la calle. Me estaba tocando los
senos cuando pasó un coche y nos echó las luces. Para ya, le
dije, nos van a multar.
Se
detuvo y me miró. Me preguntó si esta vez estaba segura y tardé en contestar
que no. Movió la cabeza, como si estuviera harto de mí y la verdad que tenía
derecho a estarlo, pensaba, pero por otro lado me había prometido a mí misma
que no volvería a tomar y hacerlo sin protección.
Petrozza
habló conmigo, pensé que me echaría el rollo de siempre, el que va de que no
debo ser así. No, me dijo que estaba bien, que no había pedo, que nomás me
aliñara porque no quería entrar conmigo y que me vieran así. Me ayudó a
acomodarme el vestido y a secarme las lágrimas. Sí, otra vez lloré.
Antes
de entrar le dije que ahora sí quería un cigarrillo de verdad y me dio uno y
sacó otro para él también. Fumamos en la entrada a la vista de los guardas de
seguridad y no sé cuántos nos habremos tardado pero de pronto salió del bar
Rodrigo y detrás Dieguito y Verónica. Rodrigo venía excitado y cuando se
encontró conmigo me miró de arriba abajo e inmediatamente después miró a
Petrozza. Petrozza no se asustó ni nada aunque Rodrigo tenía toda la intención
de pegarle, eso se notaba. Pero no tenía pruebas, sólo estábamos afuera fumando
un cigarrillo; si tardamos media hora fue porque también platicamos. Eso fue lo
que le dije a mi novio cuando estuvimos a solas, en el bar.
Pero
antes, Verónica se acercó a Petrozza y le dijo ya métete, anda, te
invito otra copa. Rodrigo se acercó a mí y me jaló del brazo y me exigió
que entrara. Fuimos los primeros en entrar. Luego entró Dieguito que antes de
meterse le gritó algo a Martin pero no pude escuchar qué. Finalmente entraron
Verónica y Petrozza pero esta vez no se sentaron con nosotros sino en otra
mesa. Hablaron, no sé de qué. No es difícil hacerse una idea, supongo que
Verónica regañó a Martin por salirse conmigo sabiendo que no vengo sola o algo
así.
Conmigo
habló Dieguito, a solas, me dijo güey, dime la neta, qué pedo con ese
cabrón, el amigo de Verónica. Nada, le decía yo harta y le
pedía que me diera un vaso con Brandy. Ya no hay, dijo, y yo creo
que era verdad porque ya casi no había gente dentro y la música estaba baja.
Insistía en que le contara qué pasó allá afuera y yo le decía que nada y que
nada y que me diera brandy. Al final no sé cómo pero me consiguió una cerveza y
no estuvo mal, era mejor que nada. Entonces bebí la cerveza y le pregunté de
qué se habían enterado dentro o qué. Me dijo que todos notaron nuestra
ausencia, que Brenda miró cómo Petrozza me tomó de la mano y me sacó y que no
quería decirle a Rodrigo pero él mismo acabó por darse cuenta que Petrozza y yo
faltábamos. Di otro trago a la cerveza, tenía ganas de llorar, ¿por qué siempre
se hacía desmadre por mi culpa? Ahora todos iban a creerle a Brenda eso de
que tengo pedos con el alcohol y encima que soy puta. Ya,
dijo Dieguito, dime qué transa, dime la neta, qué pedo con ese güey.
Alcé la cara para verlo a los ojos y le dije nada, te lo juro, es un
amigo y salimos a platicar y fumar. Pero no me creyó, dijo que estaba muy
rara, que había llorado y que estaba despeinada. Me amenazó con que si no le
confesaba lo que ocurrió allá fuera iban a madrearse al Petrozza y le valía
verga, así dijo, si era muy amigo de Verónica o qué. Ya te dije que
nada, insistí.
Entonces
llegaron Rodrigo y el Sebas y Rodrigo me gritó que le dijera qué pedo con ese
güey o ahoritita mismo le iba a romper su madre. Yo ya no pude más y lloré y le
dije que me perdonara, que nomás fueron unos besos pero que la culpa no era de
él. Para colmo se acercó Brenda porque me vio llorar y escuchó todo y aseguró
que él me había sacado por la fuerza, que ella misma lo había visto. No lo
pensaron dos veces… Dieguito, Rodrigo y el Sebas se fueron corriendo a buscar a
Petrozza; Brenda se quedó conmigo y me consoló diciendo que debí pedir ayuda,
que si él me quería sacar por fuerza debí pedir ayuda y me ayudaban. Pero
no importa, dijo, ya ahorita le parten su madre a ese maldito. Por
cabrón, dijo, que se vaya a pasar de lanza con su abuela… Y yo
lloraba mucho porque no era culpa suya, era culpa mía…
3
Al
otro día por la tarde me llamaron al cel. De un número desconocido. Contesté y era
Petrozza, me dijo chinita ahora sí te pasaste. Cuando escuché su voz
me dieron ganas de salir corriendo y abrazarlo. Perdóname, le
dije, perdóname. Se rió y dijo, no me pidas perdón… o voy a acabar
por perdonarte. Y se volvió a reír y yo no comprendía nada y le
pregunté si estaba bien y dijo que sí, que estaba muy bien, algo crudo pero
bien. No hablaba como alguien a quien se hubiesen madreado. ¡Qué te
hicieron!, exclamé.
Total
que pa´no hacer el cuento largo resulta que cuando fueron a buscarlo en el bar
él ya se había ido. Se fue con Verónica, los dos nos abandonaron a todos porque
Verónica ya se las olía que esto iba a acabar mal. Yo no me enteré, a mí
Rodrigo me dijo que le habían dado una chinga a ese güey pa´que aprendiera a no
meterse con las viejas de otros. Me lo dijo en el coche rumbo a mi casa cuando
fue a llevarme. Se quedó a dormir conmigo pero en la mañana se fue.
Se lo
conté por teléfono a Petrozza y se rió mucho y dijo que qué pinches noviecitos
me cargaba, que para eso estaba mejor salir con un Chimpancé, y yo pensé en
todo, en cómo había sido todo desde que conocí a Petrozza y en lo mucho que
Verónica debe quererlo para habernos dejado a todos por él (se fueron sin
despedirse). Y también pensé en Rodrigo y en que él sí era un mentiroso y un
mamarracho.
Petrozza
me invitó a salir esa misma noche a una cantina por su casa y le dije que sí,
que con mucho gusto, y cuando llegó la noche fuimos.
La
cantina era la Jalisciense ;
justo donde le conocí. Eso nos hizo mucha gracias porque él dijo que la vida
era como el oleaje del mar y que uno siempre acaba donde comienza, o comienza
donde acaba; algo así pero el caso es que se entendía y que me hizo reí. Estar con
él era reconfortante, tenía una sensación como de libertad. De que podía
decirle ya me voy y no se enojaría; o le podía pedir que me
llevara a su casa y tampoco le importaría ni trataría de violarme. A fin de
cuentas, si yo tenía ganas de hacerlo se lo podía decir y no me tacharía de
puta ni nada, no iría a contárselo a todos porque él no es así… incluso me
confesó que aparte de Verónica solo tenía dos amigos. Yo le pregunté por qué y
respondió que porque todos eran cabrones e hijos de putas. Asentí con la
cabeza, yo misma lo había pensado, que no se puede confiar en nadie y que la
vida está perra. Pedimos whisky en las rocas y brindamos por nosotros.
Ya no
me parecía malo, hasta me resultó divertido cuando se quejó de los amigos de
Verónica; de Dieguito y de Ricardo, de Brenda, de todos. Dijo que eran unos
gilipollas y dio un trago al whisky y luego brindo otra vez conmigo, por
tus ojos preciosos, dijo.
Cuando
nos acabamos el dinero en whisky nos fuimos de allí caminando. Encendimos
cigarrillos y caminamos bajo la luz de la luna y alrededor del kiosco del
centro de Tlalpan. No me lo había pasado tan bien desde hace años. Se lo dije y
nos besamos, pero esta vez fue un beso tierno y largo y no intentó tocarme en
la calle.
Acabamos
en su casa, a la que llegamos caminando y de tanto besarnos y hablar ni lo
notamos. Fuimos directo a la cama y esta vez no lloré ni me puse reacia.
4
Al otro día
llegó Verónica y me encontró allí y entre todos platicamos el rollo que nos había
sucedido. Verónica dijo que alguno de ellos dos debería escribirlo, para no
perder la costumbre. Petrozza dijo que él no, que esto estaba muy fresco y que
además no se sentía objetivo. Verónica tuvo que hacerse cargo y se lo conté con
lujo de detalle, lo que había pasado la noche que me dejó en casa de Martin y
lo que hicimos en el camellón; lo que me dijo Rodrigo, lo de la cantina, y todo
lo que yo pensaba y sentía en cada momento y en cada situación.
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