jueves, 14 de agosto de 2008

Fernando Van Lacke

De: " Estallando a la velocidad de la luz"


III

Ser una nota flotando, y que bailando:
se aleja hacia la eternidad.
Un error, una mancha en la disciplinada tela.
Interminables pátinas de óxido en el violento
hierro.

Si estalla la furia de mi corazón…
me iré en mil colores, hacia cualquier lado,
hacia todas partes estarás,
rodeándome con la música del cosmos,
como un astronauta que hurga en su
calendario;
escogiendo los deliciosos peligros,
su talismán lo mira asustado.

Echó su moneda sin suerte/
donde los árboles extraños crecen.

Y mas allá…

Me desabrigo a la interperie.
Quisiera temblar y que alguien me cubra de
manos y de hojas
envuelto en nueva forma humana.

Ser tocado por indefinidos de cerámico;
quisiera ver ojos llorados
y estupideces derretidas;
mientras la tinta se moldea en los caprichos de
mi alma,
mientras no intervenga mi mente, el lugar se
crea.

Subamos a los árboles/
y seamos botes borrachos en la locura
olfateemos nuestras axilas,
en otro lugar estará lloviendo,
en otro siglo estarán mirando
y mirados por ellos, nosotros nos miramos
Y mirados,
hoy estamos, mañana quien sabe.

Y más acá…

Lo que quiero y lo que no
se rozan sin darse cuenta
y sonríen,
mientras me disperso
como una nota música a la eternidad;
como un error en la disciplinada tela,
bailando.



VI

Déjame estallarme,
que necesito desvanecer el cielo.
Y vos… invitándome a volver a soñar;
porque los dioses ya no me miran más.

Entonces, corro por el aire
y soy,
y soy más que nunca,
dejándome guiar por las palomas de mi pecho.

Y me despojo del tiempo.
Y me despojo de esas estúpidas cadenas tristes,
como un río sin destino,
sin sentido.

Y más aún…

Entonces, río de delirio
y espero que me sepas perdonar,
por esperarte al otro lado de un tren que no
pasó

Alucinando, delirando, amar, así.



VIII

Sabía que ahora no hay mañana,
por eso me encanta desvanecerme en este cálido
abismo,
mientras mi lengua desea el vino,
cáliz que duela suavemente.

Percuten, se meten en mí,
me veo vicioso tirado sobre delicados capullos
de acero.
Corto mis labios con el filo de una hoja pentagramada
en el obsceno vicio.

Muérdanme, en el piso estoy indefenso;
ya aténme; a veces el amor es un plástico al
que temo;
háganme opio, quemen mis manos idiotas.

Y cuando baje…

Correré atravesando la noche larga,
en mi pelaje brillante
de puma libre y solitario.

En cuanto el temor, alucinándote esté,
irás cayendo en mis suaves telas
con tus senos abiertos;
y será aquí y allá
con tus senos abiertos




Después de tus remolinos o tus silencios

Después de sus remolinos o sus silencios, después de estar sostenido con todos esos gestos desinteresados que eran nuestros, nada más que nuestros. Después de los sacrificios y los abandonos, después de los inviernos por la ventana, alcanzados por la nieve de nuestros exilios. Ya después, nos vimos compañeros en la fatiga, en otros anhelos. Como si el tiempo no hubiera dado tregua, y en cambio, hubiese marcado cada acontecimiento en nuestros rostros. Fue después del frío, cuando ya las fotografías no venían con tantas historias ni exóticas fragancias de aquellos mares en donde nada ha sido descubierto. Fue después de todo tierno recorrido por los cuerpos encontrados. Fue después de todo, absolutamente de todo.
Ya habían pasado las estaciones del año. Aquellas nos habían encontrado mudos, sin una mínima palabra que contuviese un mismo significado para los dos. Nos sentábamos juntos en aquella mesa, la nuestra, y nos mirábamos largas horas, intentando adivinar mutuamente nuestros pensamientos; tal vez fueron las dudas las que nos fueron moldeando, desarrollando la distancia que no se puede atravesar, aún queriéndolo hacer. Nunca hubiera podido creer que ese era el comienzo. Debo confesar que ya no me interesa algún final, por más inesperado, por más sorprendente que sea.
Silvia era dulce como la miel, sus manos así lo expresaban y todos los que la habíamos conocido concordábamos en esto.
Recuerdo que una vez, muchísimos años antes, nos encontrábamos en una plaza cerca de los juegos en Santos Lugares, cuando de repente me abrazó con todas sus fuerzas y susurró a mi oído -no me sueltes- a lo cual respondí -¿por qué habría de hacerlo?-. Sólo nos mirábamos, no eran necesarias más palabras que esas para que las intenciones quedasen perfectamente expuestas, aquel era también nuestro lenguaje.

Silvia prendió la luz. Ahí estaba yo, desnudo, temblando en el suelo, cubierto de sonidos; las hojas se encendían sobre mí, ya no podía evitarlo. Silvia no podía verme, ni tocarme. Mientras tanto, yo me volvía polvo, ceniza, un gigantesco hueco invisible. Ella fue como un cardumen inexplicable que no podía verterse sin desesperación (me pregunto: ¿cuál es el altar en el que un ateo debe pronunciar sus oraciones?). ella estaba ahí, aunque se había ido con la primavera y no pude olvidarla.
Junté mis cosas, una cantidad enorme de caños de pvc, latas de fluido M, un conjunto excepcional de cuarenta y siete llaves entre otros instrumentos que guardo en secreto, todo cuidadosamente limpio.

Mis hojas, y valga la redundancia, eran mías, eran lo único que me reservaba para mí. Caños, latas y llaves podían ser encontrados en cualquier parte, tirado en el piso, eso no importaba; pero mis papeles, aunque estaban desordenados, arrugados como nueces misteriosas de los nogales más arrugados, eran los verdaderos sonidos que no podía recordar. En ellos, Silvia estaba siempre joven, eternizada en una escultura de símbolos mucho más firmes que el propio mármol, en ellos yo la celaba y bebía cada noche de su boca. Por eso estaba tan apegado a estos.
Mis hojas son las que no me pude llevar. Intentaba agarrarlas pero se escapaban de mis manos, otra vez la arena se encontraba cayendo entre mis dedos como tantas veces antes me había ya pasado. Me acuerdo que le pedía a Silvia por el amor que me había tenido que me dé las hojas.
Silvia no podía recordarme ni sentirme, de todas maneras aunque supiese que no estaba ahí, yo acariciaba su cabello y le cantaba al oído, hasta que quedaba profundamente dormida en la cama que había sido nuestra.

Difícil fue saber quien de los dos era el inexistente. El olvido, como un devorador gigante, fue más que el bramido en las escolleras, fue el arribo de las olas a las playas marcadas por las huellas innegables que luego desaparecieron. Ahí estaba yo, entre todas sus cosas, frente a sus narices, esperando reencontrarme con mis hojas. No quería el sonido, el silencio me bastaba como para conformar el espacio que necesitaba, lo importante eran mis hojas, sin ellas me faltaba el oxigeno.
No podía marcharme, aunque Silvia me lo pedía asegurándome que ese no era su nombre y que nunca antes nos habíamos visto. Yo sólo me quedaba mirándole con la vista media perdida, como siempre lo había hecho, guardando la esperanza de que recordara.
Con el tiempo se acostumbró a no recordarme, incluso su trato fue volviéndose más cordial; me saludaba a la mañana con un “buen día” o a veces interrumpía sus actividades para preguntarme “disculpe ¿me dice la hora?”. Yo aprovechaba esos momentos para preguntarle por mis hojas, pero ella se las arreglaba para evadir el tema. Luego, retomaba su ensimismamiento tan característico, hablaba y se reía como si la casa estuviese llena de gente.
Fue un momento exactamente determinable, preciso, el día que levantó el tubo del teléfono, sus palabras fueron contundentes. Recuerdo como se dirigió a mi persona sin verme, pero bajo ningún aspecto existió la indiferencia, el planteo fue directo. Con absoluta claridad, me rescato del olvido, tomó mi persona diseminada y la acobijó en el calor de su distancia. Dijo:
-hola, habla Silvia. Llamaba para decirle que las hojas son suyas. Véngalas a buscar cuando quiera.
Colgó el tubo y continuó con sus actividades, pero ya nunca más ausentó el brillo de sus ojos, de su mirada. Yo permanecí en silencio, a su lado sin emitir sonido alguno, lo inminente sucedió y ya nunca más nadie, absolutamente nadie, pudo alejarme de mis hojas, ellas las del mayor grado de perfección...

1 comentario:

Zenhaust dijo...

Permitamé señor vertir alabanzas sobre sus escritos con la relevancia que merecen.

Quiero expresar mis agradecimientos más sinceros por sus escritos, colmados de sentimiento compartido por el más común de los mortales.

Espero sepa disculpar mi intromisión en el afán de divulgar su obra, y aumentar así la cuantía de sus seguidores, publicando alguna de ses obras en el siguiente sitio.

www.relatosparatodos.com

Otros autores como Demian Mazur o Andrés Bovin forman ya parte destacada de la comunidad.

Reciba mi más sincera enhorabuena por su trabajo.